Creo que este artículo de el Perodico, el que más me ha gustado de los que se han publicado desde el sabado por la tarde, refleja todo lo que siento:
Mientras estaba escribiendo sobre las lágrimas de Pep Guardiola, recibí el mensaje de un amigo que decía: «¿Por qué no escribes sobre las lágrimas de Pep?». Cuando estaba escribiendo del mensaje que les comento, recibí otro que me empujaba no a escribir, sino, directamente, a llorar: «Si lo hace Pep, ¿por qué no lo haremos los demás?». Las lágrimas se acaban convirtiendo, pues, en la esencia de este artículo que, como pueden suponer, se redactó bajo presión, mientras el Barça levantaba la sexta copa en un año, la sexta copa consecutiva, un hecho fascinante que, seguramente, será recordado por las generaciones que vendrán y que, con un poco de suerte, nosotros podremos explicar a nuestros nietos como una de las experiencias colectivas más emotivas de nuestra vida.
Puede haber gente que piense que exagero. Lo respeto, pero debo indicar a todos estos lectores que no estoy hablando de fútbol y que no estoy celebrando que 11 hombres que corren detrás de un balón han ganado en el último minuto a otro equipo de otros 11 hombres que corrían en calzón corto. El fútbol es más que eso, al igual que la literatura es más que unas hojas en blanco con manchas negras. Las lágrimas de Pep Guardiola son el mejor resumen de estos meses, de esta aventura que hemos vivido juntos, de esta felicidad difícil de describir con inmediatez. Son lágrimas del Guardiola que piensa, en unos instantes, una trayectoria de éxitos y fracasos, de sonrisas y lamentos. Son lágrimas que miran al pasado, lágrimas solidarias con aquellos que lloraron, que llorarán. Lágrimas que nos unen, que nos invitan a ser ciudadanos de la patria de los sentimientos infantiles y de la joya más ingenua y brillante. Lloremos, pues, con Guardiola. Lloremos sin saber muy bien por qué.
Lloremos.
Plorem doncs!
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